PROBLEMAS
PSICOLÓGICOS
Pregunta: ¿Qué hay que hacer para estar libre de
algún problema que nos perturba?
Krishnamurti: Para
entender cualquier problema es preciso consagrarle de lleno nuestra atención.
Tanto la mente consciente, como la inconsciente o profunda, tiene que
intervenir en la solución de los problemas; pero casi todos nosotros,
infortunadamente, tratamos de resolverlos de un modo superficial, es decir, con
esa pequeña parte de la mente que entra en el campo de la “conciencia”, con el
intelecto tan sólo. Ahora bien, nuestra conciencia ‑nuestro pensar-sentir- es
como un “iceberg” (témpano de hielo marítimo) cuyo mayor volumen se halla bajo
la superficie del agua y del que sólo emerge una fracción. Tenemos conocimiento
de esa parte superficial, pero es un conocimiento confuso; de la mayor
fracción, la profunda e inconsciente, apenas nos damos cuenta. Si alguna noción
llegamos a tener de ella, es cuando se torna consciente en sueños o mediante
ocasionales insinuaciones; pero unos y otras las traducimos e interpretamos de
acuerdo con nuestros prejuicios y con nuestra capacidad intelectual, siempre
limitada. De ahí que esas insinuaciones de lo subconsciente pierdan su puro y
profundo significado.
Si realmente deseamos entender nuestro problema, debemos empezar
por disipar toda confusión en nuestra mente consciente, superficial, pensando
en dicho problema y sintiéndolo tan amplia e inteligentemente como nos sea
posible, comprensiva y desapasionadamente. Entonces, en este espacio libre de
la conciencia abierta y alerta, la mente profunda podrá proyectarse. Cuando el
contenido de las múltiples capas de conciencia haya sido de ese modo recogido y
asimilado, solo entonces, el problema dejará de ser tal.
Tomemos un ejemplo. La mayoría de nosotros ha sido educada en un
espíritu nacionalista. Se nos ha enseñado a amar a nuestra patria en oposición
a las demás; a considerar a nuestro pueblo como superior a tal o cual otro, y
así sucesivamente. Este orgullo o noción de superioridad se nos inculca en la
mente desde la infancia; nosotros lo aceptamos, lo hacemos parte de nuestra
vida y lo justificamos. Con esa tenue capa mental que llamamos “mente consciente”,
tratamos de entender este problema y su profundo significado. Aceptamos el
nacionalismo ante todo por obra de las influencias del ambiente y somos
condicionados por ello. Este espíritu nacionalista, asimismo, nutre nuestra
vanidad. La afirmación de que pertenecemos a esta o aquella raza o nación
alimenta nuestros “egos” pequeños y mezquinos, inflamándolos como el viento
infla las velas de los barcos; y así quedamos en disposición de defender
nuestro país, matar y hacernos matar por él, por nuestra raza y por nuestra
ideología. Identificándonos con lo que consideramos superior a nosotros,
esperamos llegar a ser superiores; pero seguimos siendo íntimamente pobres; lo
único que brilla como grande y poderoso es la etiqueta. Este espíritu
nacionalista sirve fines económicos; y también se le usa, mediante el odio y el
miedo, para unir a unos pueblos en contra de otros. Observando, pues, este
problema y todo lo que implica percibir sus efectos: guerra, miseria, hambre y
confusión. El adorar la parte, que es idólatra, nos hace negar el todo. Y esta
negación de la unidad humana engendra tiranías, interminables guerras y
brutalidades, divisiones sociales y económicas.
Todo esto lo entendemos intelectualmente, con esa tenue capa
mental que denominamos “mente consciente”: pero seguimos prisioneros de la
tradición, de la opinión pública, de la conveniencia, del temor y otras cosas
más. Hasta que las capas profundas de nuestra mente salgan a luz y sean
comprendidas, no nos veremos libres de la enfermedad del nacionalismo.
Al examinar, pues, este problema, hemos despejado la capa
superficial de lo consciente para que hacia ella puedan fluir las capas más
profundas. Este flujo puede intensificarse mediante un estado de conciencia
constantemente alerta: observando cada reacción, cada estímulo que reciba el
nacionalismo o cualquier otro mal por el estilo. Cada reacción, por pequeña que
sea, tiene que ser pensada y sentida en un modo amplio y profundo. Pronto
percibiréis que el problema se disuelve y que el espíritu nacionalista se
desvanece. Todos nuestros conflictos y miserias pueden ser entendidos y
disueltos de esta forma: aclarar la tenue capa de lo consciente, pensando y
sintiendo profundamente el problema tan comprensivamente como sea posible: en
esta claridad, en esta quietud comparativa, los motivos profundos, intenciones,
temores y demás podrán proyectarse. Examinadlos a medida que aparezcan:
estudiadlos y así los entenderéis. De este modo el estorbo, el conflicto, el
dolor, total y profundamente comprendidos, quedan disueltos.
Pregunta: ¿Lo que usted enseña es simplemente una
forma más de psicología?
Krishnamurti: ¿Qué
entiende usted por psicología? ¿Ella es, a su entender, el estudio de la mente
humana, de uno mismo? Si no entendemos nuestra propia estructura intima,
nuestra psiquis, nuestro sentir y pensar, ¿cómo habremos de entender otras
cosas? ¿Cómo podréis saber que lo que pensáis es verdadero, si no tenéis
conocimiento alguno de vosotros mismos? Si no os conocéis, no conoceréis la
realidad. La psicología no es un fin en sí misma. Es apenas un comienzo. Con el
estudio de uno mismo colócanse firmes cimientos para la estructura de la
realidad. Es preciso que existan esos cimientos, pero ellos no son la
estructura ni un fin en sí mismos. Si no colocáis los verdaderos cimientos,
surgirán a la existencia la ignorancia, la ilusión y la superstición, tal como
hoy existen en el mundo. Es preciso que coloquéis los verdaderos cimientos con
medios correctos. No se puede llegar a lo justo por medios errados. El estudio
de sí mismo es tarea sumamente difícil; y sin conocimiento propio y recto
pensar, la realidad suprema no es comprensible. Si no sabéis que existen y, por
lo mismo, no entendéis la autocontradicción, la confusión y las diferentes
capas de la conciencia ¿sobre qué base habréis de edificar? Sin conocimiento
propio, todo lo que edificáis, vuestras formulaciones, creencias y esperanzas
tendrán escaso significado
Comprenderse a sí mismo requiere alta dosis de desprendimiento y
sutileza, perseverancia y penetración; no hacen falta el dogmatismo ni las
afirmaciones, la negación ni las comparaciones, todo lo cual conduce al
dualismo y a la confusión. Cada cual tiene que ser su propio psicólogo, tener
alerta y despierta conciencia de sí mismo, pues sólo en uno mismo está la suma
total del conocimiento y la sabiduría. Nadie puede ser perito acerca de vos.
Hay que descubrir por sí mismo y de esta manera liberarse. Nadie más que
vosotros mismos puede contribuir a libertaros de la ignorancia y del dolor.
Cada cual engendra su propio sufrimiento, y el único posible salvador es uno
mismo.
Pregunta: ¿Cuál es la fuente del deseo?
Krishnamurti: La
percepción, el contacto, la sensación, la necesidad y la identificación causan
el deseo. La fuente del deseo es la sensación, tanto en sus más bajas como en
sus más altas formas. Y cuanto mayor sea vuestra exigencia de satisfacción
sensual mayor será la parte de mundanalidad que busque continuidad en el más
allá. Dado que la existencia es sensación, debemos simplemente comprender ésta,
no ser sus esclavos: así emanciparemos el pensamiento para que trascendiéndose,
se conviertan en pura y alerta conciencia. El deseo de ser satisfechos tiene
que producir medios de satisfacción, cueste lo que cueste. Tal exigencia, tal
deseo, puede ser observado, estudiado, inteligentemente comprendido y
trascendido. Estar esclavizado por el anhelo es ser ignorante y el resultado de
ello es el dolor.
Krishnamurti, Ojai, 1944.
Pregunta: Durante muchos, muchos años, he luchado
con un problema personal. Estoy todavía luchando, ¿qué debo hacer?
Krishnamurti: -¿Cuál
es el proceso para la comprensión de un problema? Para comprender, la
mente-corazón debe descargarse de sus propias acumulaciones, de manera que sea
capaz de una percepción recta. Si queréis comprender una pintura moderna,
tenéis, si os es posible, que hacer a un lado vuestra preparación clásica,
vuestros prejuicios: vuestras respuestas ya educadas. De manera similar, si
deseamos comprender un complejo problema psicológico, debemos ser capaces de examinarlo
sin ninguna propensión favorable o condenatoria; debemos estar en aptitud de
abordarlo con desapasionamiento y frescura.
El que interroga dice que ha estado luchando durante muchos años
con su problema. En su lucha el ha acumulado lo que llamaría experiencia,
conocimiento, y con esta carga en aumento trata de resolver el problema; de ese
modo nunca se ha puesto frente a frente con él, abiertamente, como de nuevo,
sino que siempre lo ha abordado con la acumulación de varios años. Es esta
memoria acumulada lo que confronta el problema y por tanto no existe su
comprensión. El pasado muerto obscurece el siempre vivo presente.
La mayoría de nosotros nos encontramos arrastrados por alguna
pasión y somos inconscientes de ello, pero si acaso somos conscientes,
generalmente la justificamos o disculpamos. Mas si es una pasión que deseamos
trascender, por lo general luchamos con ella, tratamos de conquistarla o
suprimirla. Al tratar de vencerla no la hemos comprendido; al tratar de
suprimirla no la hemos trascendido. La pasión permanece todavía o ha tomado
otra forma que es aún causa de conflicto y dolor. Esta constante y continua
lucha no trae comprensión, sino sólo fortalece el conflicto, recargando la
mente-corazón con la memoria acumulada. Pero si podemos ahondar profundamente
dentro del conflicto y morir a él, enfrentarnos a él como por vez primera, sin
el lastre del ayer, entonces podemos comprenderlo. Por estar nuestra
mente-corazón alerta y aguda, profundamente consciente y en quietud, el
problema se trasciende.
Si podemos abordar nuestro problema sin formular juicios, sin
identificación, entonces las causas que yacen detrás de él se revelan. Si hemos
de comprender un problema, debemos apartar nuestros deseos, nuestras acumuladas
experiencias, nuestros patrones de pensamiento. La dificultad no está en el
problema en sí, sino en cómo lo abordamos. Las cicatrices de ayer impiden
abordarlo en la forma debida. El condicionamiento traduce el problema de
acuerdo con su propio molde, lo cual no libera en forma alguna el
pensamiento-sentimiento de la lucha y dolor del problema. Traducir el problema
no es comprenderlo; para comprenderlo y así trascenderlo, la interpretación
debe cesar. Lo que se comprende plena, completamente, no deja huella como
memoria.
Krishnamurti, Ojai, 1945‑46.
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