PROBLEMAS
ECONÓMICO SOCIALES
Pregunta: Yo quiero servir y ayudar a mis
semejantes. ¿Cuál es la mejor forma?
Krishnamurti: La mejor
forma consiste en empezar a entenderos y modificaros vosotros mismos. En el
deseo de ayudar y servir al prójimo se halla oculta la vanidad, el
engreimiento. Cuando uno ama, ayuda. Este afán de ayudar nace de una vanidad.
Si queréis ayudar a otro ser tendréis que conoceros a vosotros
mismos, pues vosotros sois el otro ser. En lo externo podemos ser diferentes;
amarillos, negros, morenos o blancos. Pero a todos nos mueve el deseo, el miedo,
la codicia o la ambición; por dentro nos parecemos mucho. Sin entenderse a sí
mismo, nadie puede entender ni servir realmente al prójimo. Sin conocimiento
propio, ¿cómo podréis tener conocimiento de las necesidades ajenas? Sin el
conocimiento de sí mismo, el hombre actúa en la ignorancia y engendra
sufrimiento
Analicemos lo que antecede. La industrialización se difunde
rápidamente a través del mundo, impulsada por la codicia y por la guerra. La
industrialización puede dar trabajo y alimentar a la gente, ¿pero cuál será su
resultado final? ¿Qué le ocurre a un pueblo altamente desarrollado en el
aspecto técnico? Será más rico, tendrá más automóviles, más aviones, más
lugares de diversión, más cinematógrafos, casas mejores y en mayor número,
¿pero qué le acontece como conglomerado de seres humanos? Que ellos se vuelven
cada vez más duros, más mecánicos, menos creadores.
La violencia sienta entre ellos sus reales: y el gobierno, en
tales circunstancias, es la organización de la violencia. La industrialización
podrá traer mejores condiciones económicas, ¡pero con qué espantosos
resultados! Conventillos y barrios miserables, antagonismo entre trabajadores y
no trabajadores, caudillos y esclavos, capitalismo y comunismo, es decir, todo
ese caos que se extiende rápidamente a diversas partes del mundo. Suele decirse
que por suerte habrá elevación del nivel de vida, que la miseria será
liquidada, que habrá trabajo, libertad, dignidad y otras cosas más. Lo que hay
y que continúa, mientras tanto, es la división de los hombres en ricos y
pobres, en poderosos y ambiciosos de poder. ¿Y el final de todo ello, cuál es?
¿Qué ha sucedido en Occidente? Guerras, revoluciones, amenaza constante de
destrucción, infinita desesperación. ¿Quién brinda ayuda a quién, y quién sirve
a quién? Cuando todo cae destruido en torno nuestro, los hombres de pensamiento
tienen que investigar a qué causas profundas ello obedece. ¡Son tan pocos,
empero, los que parecen formularse ese interrogante! El hombre al que una bomba
le hace volar la casa envidia sin duda al hombre primitivo. La civilización ha
sido llevada a los pueblos “atrasados”... ¡pero a qué precio! No basta servir a
nuestros semejantes; hay que considerar cuáles serán las consecuencias de dicho
“servicio”. Pocos son los que perciben las causas más profundas de tanto
desastre. No es posible destruir la industria ni prescindir de la aviación; lo
que si resulta posible es extirpar de raíz las causas que conducen a su mal
empleo. Las causas de todo ese espanto residen en vosotros mismos. Podréis
desarraigarlas, lo que representa sin duda una tarea difícil. Pero como el
hombre no hace frente a esa tarea, trata de legalizar o prohibir la guerra;
surgen los pactos, las ligas, la seguridad internacional y otras cosas por el
estilo. Pero la codicia, la ambición, se sobreponen a ellas, lo que trae como
consecuencia la guerra y las catástrofes.
Para ayudar a los demás, habréis de conoceros a vosotros mismos.
Los demás, al igual que vosotros, son el resaltado del pasado. Estamos todos en
relación los unos con los otros. Si padecéis en lo intimo de vuestro ser la
enfermedad de la ignorancia, la mala voluntad y la ira, inevitablemente
difundiréis en torno vuestro enfermedad y sombras. Si sois íntimamente sanos e íntegros,
difundiréis luz y paz; no siéndolo, contribuiréis a producir peor caos y mayor
miseria. Entenderse a uno mismo requiere paciencia, tolerante y despierta
conciencia. El “yo” es una obra en varios tomos que no puede leerse en un día;
pero una vez comenzada esa lectura, hay que leer cada palabra, cada frase, cada
párrafo, ya que en ellos están las insinuaciones del todo. El comienzo de esa
obra es el final de la misma. Si sabéis leerla, encontraréis la suprema
sabiduría.
Pregunta: Como muchos otros hombres de Oriente,
parece Ud. estar contra la industrialización. ¿Por qué lo está?
Krishnamurti: Yo no se
si muchos hombres de Oriente están contra la industrialización, y si lo están,
ignoro qué razones invocan para ello; pero creo haberos explicado por qué
considero que la simple industrialización no da solución alguna a nuestros
problemas humanos, con todos sus conflictos y sufrimientos. La mera
industrialización fomenta valores mundanos: mejores y más amplios cuartos de
baño, mejores y mayores coches, distracciones, diversiones y todo lo demás. Los
valores externos y temporales adquieren precedencia sobre los valores eternos.
Se busca la felicidad y la paz en las posesiones, ya sean materiales o
intelectuales; en el apego a las cosas o al mero conocimiento. Recorred
cualquiera de las calles principales y veréis tiendas y más tiendas que venden
la misma cosa aunque de diferentes formas y colores; innumerables revistas y
miles de libros. Nuestro deseo es que se nos distraiga, se nos divierta, se nos
libre de nosotros mismos, dado que íntimamente somos tan pobres, desdichados,
vacías, y que siempre, por una causa u otra, nos agobia alguna pena. Y de ese
modo, habiendo demanda, hay producción y se establece la tiranía de la máquina.
Y se nos ocurre que la simple industrialización resolverá nuestro problema
económico y social. ¿Lo resuelve realmente? Tal vez durante un tiempo; pero con
ella llegan las guerras, las revoluciones, la opresión y la explotación, y les
llevamos la “civilización” a los pueblos no civilizados.
Bueno, la industrialización y la máquina ya las tenemos, y no
podemos deshacernos de ellas. Pero ellas sólo ocupan su verdadero lugar cuando
el hombre no depende de las cosas para su felicidad, cuando cultiva la riqueza
intima, los imperecederos tesoros de la realidad suprema. Sin ello, la mera
industrialización acarrea inenarrables horrores; acompañada de los tesoros del
alma tiene un sentido. Este no es un problema de tal o cual raza o país, es un
problema humano. Sin el poder compensador de la compasión y de la
espiritualidad, lo único que obtendréis con el mero acrecentamiento de la
producción de cosas, de hechos y de técnica, serán mejores y mayores guerras,
opresión en lo económico, mayor rivalidad de las potencias, medios más sutiles
de engaño, división y tiranía.
Así como una piedra puede torcer el curso de un río, unos pocos
hombres que entiendan de verdad podrán quizá desviar este terrible curso de la
especie humana. Pero nos resulta difícil resistir la constante presión de la
civilización moderna si no mantenemos nuestra conciencia constantemente
despierta y alerta, descubriendo así los tesoros que son imperecederos.
Pregunta: ¿Por qué no hace Ud. frente a los males
económicos y sociales, en vez de refugiarse en una actitud mística y obscura?
Krishnamurti: He hecho
lo posible por señalar que sólo dando importancia a las cosas primordiales, los
problemas secundarios podrán ser entendidos y resueltos. Los males sociales y
económicos no podrán remediarse sin comprender que es lo que los causa. Para
entenderlos y de tal modo efectuar un cambio fundamental, tenemos que empezar
por comprendernos a nosotros mismos, causantes de esos males. Nosotros,
individual y colectivamente, hemos engendrado el desorden, las luchas
económicas y sociales. Solo nosotros somos responsables de todo eso; y es por
ello que nosotros mismos, individual y quizá colectivamente, podremos
establecer el orden y la claridad. Para actuar colectivamente, tenemos que
empezar por la acción individual. Para obrar como agrupación, cada cual tiene
que entender y alterar radicalmente dentro de sí mismo aquellas causas que
engendran conflictos y constante dolor. Con ayuda de leyes podréis obtener
determinados resultados benéficos; pero si no se altera lo que hay en el fondo
de todos los males, es decir, las causas fundamentales de todo conflicto y
antagonismo, la obra legislativa terminará por ser subvertida y cederá su lugar
a un nuevo desorden. Las reformas meramente externas exigirán nuevas reformas,
y por ese camino se llega a la opresión y a la violencia. El orden y la paz
creadores y duraderos vendrán tan sólo si cada cual establece la paz y el orden
dentro de sí mismo.
Cada uno de nosotros, sea cual sea su posición, busca el propio
engrandecimiento: es codicioso, sensual y violento. Si no pone término a eso
dentro de sí mismo y por sí mismo, las reformas externas podrán, por cierto,
dar buenos resultados superficiales; pero éstos, en un momento dado, serán
anulados por hombres que andan constantemente en busca de fama, de posición, de
poder. Para producir los cambios indispensables y fundamentales en el mundo
externo, con sus guerras, rivalidades y tiranías es evidente que deberéis
empezar por vosotros mismos, transformándoos profundamente. Me diréis que en
esa forma llevará un tiempo enorme modificar el mundo. ¿Y qué hay con eso?
¿Acaso una revolución superficial, por rápida e implacable que sea, alterará el
hecho íntimo? ¿Sacrificando el presente podrá crearse un mundo futuro de
felicidad? ¿Empleando malos medios podrán lograrse buenos fines? Esto no se nos
ha probado, a pesar de lo cual continuamos haciendo siempre lo mismo,
ciegamente, irreflexivamente, con el resultado de que el mundo ha llegado a la
más extrema destrucción y miseria. No es posible alcanzar la paz y el orden si
no es por medios ordenados y pacíficos. ¿El propósito de las revoluciones
meramente externas económicas y sociales, es acaso libertar al hombre
ayudándole a pensar y sentir plenamente, a vivir de un modo completo? Los que
quieren cambios rápidos, inmediatos, en el orden económico y social, también
crean normas rígidas de conducta y de pensamiento. No aspiran a que se sepa
“cómo pensar”; dictan “lo que hay que pensar”. ¿No es así? El cambio brusco
defrauda, pues, su propio objetivo, y el hombre vuelve a ser juguete del medio
ambiente.
He tratado de explicar en estas conferencias que la ignorancia, la
mala voluntad y la concupiscencia, engendran dolor, y que si el hombre no se
purifica, no elimina de su ser esos estorbos, inevitablemente produce
conflictos, desorden y miseria. La ignorancia, es decir, la falta de
conocimiento propio, es el mayor de los males. La ignorancia impide el recto
pensar y pone el principal acento en cosas que son secundarias, con lo cual la
vida se torna vacía, monótona, mera rutina mecánica de la que buscamos salida
en diversas formas: arrojándonos al dogma, a la especulación y a una serie de
engañosos espejismos. Nada de eso es misticismo. Pero si procuramos entender al
mundo externo, alcanzaremos el mundo interior; y éste, cuando se lo busca
acertadamente y se lo entiende de verdad, conduce a lo Supremo. Esta
realización no es fruto de ninguna escapatoria, y sólo esta realización traerá
orden y paz al mundo.
El mundo se ha sumido en el caos porque nosotros hemos perseguido
valores falsos. Hemos dado importancia a lo terrenal, a la sensualidad, a la
gloria y a la inmortalidad personales, cosas todas que engendran conflictos y
dolor. El verdadero valor se halla en el recto pensar; y no hay recto pensar
sin conocimiento propio. El conocimiento propio nos llega cuando adquirimos
clara y alerta conciencia de nosotros mismos.
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